Que se callen los centros

Lo llaman “silencio sísmico”. La energía que se desprende del suelo que pisamos, de la Tierra, va liberándose de forma progresiva. Si durante un periodo de tiempo muy prolongado hay una ausencia de estos “ruidos” provocados por los movimientos telúricos esto puede indicar que un sismo de mayor violencia está a punto de suceder. 

Recuerdo una clase de dibujo en la que mi profesora Lola Valls nos contaba cómo el arte era la única terapia posible para ella, el único modo de no perder los cabales. A pesar de que no entendí exactamente la motivación de aquellas palabras, esa frase ha permanecido conmigo durante los últimos 15 años. 

No soy nada buena guardando secretos propios: cuando una noche distinta me interrumpe la rutina y la desidia semanal; si estoy deprimida o dichosa; cuando conozco a alguien que hace que tiemble el piso; si algo me perturba o me ofende solo puedo compartirlo. A veces llamo a mis hermanas para contarles, o tal vez a una amiga. Pero cuando sucede algo que me remueve tanto por dentro que ni las palabras son capaces de contener su efecto en mí entonces lo dibujo, lo escribo, lo bailo. O en otras palabras: lo transformo de modo tal que esa emoción se libere del pecho, para que vaya de dentro a fuera despacio y sin violencia. 

En un pequeño pueblo del norte durante sus fiestas populares, la gente golpea el suelo con sus bastones a modo de ritual para dejar escapar a la tierra de su letargo.  Para despertar yo pinto. Mi amigo Marco emprende un viaje, Sandra usa la meditación y Paula cuenta historias. Para una madre la energía del amor se libera poniendo un plato de comida caliente sobre la mesa. 

Hay personas que se encierran en ellas mismas y se callan la emoción. 

Los que nos dedicamos al arte no tenemos por que pertenecer a una categoría moral distinta, ni ser místicos o intelectuales. La diferencia fundamental es que nuestra necesidad expresiva es más fuerte que cualquier otro impulso vital. Algunos utilizan formas de expresión sutiles o insinuantes; hay quienes gritan a los cuatro vientos. Pero en cualquier caso el artista no se plantea verdaderamente la razón de ser del acto creativo. La obra es tan solo un canal a través del cual pasa la vida. 

El otro día  Huecas me enseñaba algunos de los últimos paisajes que había pintado este verano en la sierra. Mientras tanto me contaba anécdotas e impresiones de una vida dedicada por completo a la pintura, al dibujo y la escultura:

Yo soy como un manzano, mi deber es dar frutos. Pinto a pesar de cualquier circunstancia y más allá de la repercusión que pueda obtener mi obra. El árbol frutal también sabe qué es lo que tiene que hacer, cuál es su función en el mundo.”

En geología se dice que los fenómenos acaecidos son cíclicos.

Y creo que sucede lo mismo con las personas. Un duelo p.e. se supera, pero siempre queda algo de este proceso con nosotros.

Tal vez puedas contener o reprimir una y otra vez ese anhelo, esa ira o esa pasión que procesas por algo o alguien, pero si permaneces en esa suerte de silencio sísmico durante demasiado tiempo ten por seguro que estás sentenciado a explotar tarde o temprano.  

El arte en cualquiera de sus formas es un catalizador perfecto para drenar toda esa energía, para que vaya de dentro a fuera despacio y sin violencia.

PUBLICACIONES SOBRE ARTE Y SOCIEDAD. ARTÍCULO Nº 10

VENDERSE

Cada mañana viajaba en el autobús desde el pueblo a la ciudad para estudiar en la escuela de artes. A veces coincidía con una muchacha discretamente simpática, vestida de irreverente e intelectual, que solía sentarse en los últimos asientos del vehículo. Recuerdo una ocasión en la que, para intentar romper el hielo, le pregunté qué estaba escuchando. Ella despegó los auriculares de sus oídos con desdén y me habló del primer disco de un grupo que había comenzado a ponerse de moda después de tres o cuatros intentos discográficos sin gran repercusión. 

-”Esta gente sonaba bien antes de volverse comerciales”, me dijo. Y empezó así un monólogo sobre el fatídico momento en el que arte y rentabilidad se encuentran en el camino. “Cuando un artista empieza a ganar dinero se corrompe, se vende y la verdad de su obra desaparece detrás del telón del éxito económico”. 

Por aquel entonces las palabras de cualquier persona con cierto halo de antisistema hacían eco fácilmente en el cerebro de una adolescente contestataria como yo. El discurso de aquella chica pseudopunk no fue una excepción. 

Es muy cierto que el trabajo de autor no suele ser acogido por la gran masa. Pero el artista no es más íntegro cuanto más austera sea su vida (y por ende su trabajo). La calidad de una obra es una variable ajena a su rentabilidad económica. Son muchos los factores que entran en juego. No es menos genuino el creador que a veces se ve obligado a amoldarse a criterios contextuales para conseguir un sueldo a final de mes si se trabaja desde la honestidad y el esfuerzo, si la fundamentación de su discurso no es entregarse por entero al agrado de la mirada ajena. 

La primera vez que mi galerista vendió una de mis pinturas nos dimos un abrazo emocionados, justo después de ver salir al cliente por la puerta. Hoy en día, por suerte esto se ha convertido en una rutina y a pesar de ello, cuando recibo una llamada con la noticia de una venta inesperada, sigo saltando de emoción entre las paredes de mi estudio. A veces incluso llamo a mi madre para darle la buenanueva

Vender algo que se crea con las propias manos produce una mezcla de ilusión, alegría y amor en el estómago. Lejos de ser una cuestión meramente económica, cada vez que alguien decide comprar una obra, el artista toma conciencia de que ese torbellino de sensaciones que experimenta al trabajar ha logrado permear la impresión del otro, ha conseguido conmoverlo de modo tal, que siente el deseo de poseerla. Acaba de crearse una conexión, se ha establecido un vínculo especial entre el hacedor y el espectador. Tal vez esto te parezca exagerado pero lo cierto es que tiene lugar una sensación de cercanía y calidez con personas que te son completamente desconocidas y cobra importancia la idea de comunidad; la creencia de que, en un tiempo en el que se premia tanto el individualismo, la popularidad, la fama incluso, todos somos igualmente vulnerables y compartimos las mismas emociones. Esa sensación de empatía con el otro es algo indescriptible; es reconfortante descubrir que, al final del día, el trabajo tiene una razón de ser. 

Tanto es así, que en muchos casos estas relaciones comerciales se vuelven más profundas y termino por hacerme amiga de los clientes. A través de mi arte he recuperado el contacto con gente con la que no hablaba desde hacía años; he conocido mejor a algunas personas de mi entorno e incluso a mí misma; estoy confrontando aspectos de mi personalidad que desconocía, como p.e. el miedo paralizante -disfrazado de timidez- al juicio ajeno. 

Consagrarse como un artista comercial puede ser el resultado de producir un arte populista, un producto fácilmente consumible por el gran público desconocedor de cualquier noción de estética: la típica acuarela del Cabo, esa película basada en relaciones de amor romántico hollywoodiense, la melodía de tres acordes que acompaña una letra de rima fácil son ejemplos de creaciones que se valen de recursos básicos y limitados. Aunque la técnica pueda ser impecable, no hay riesgo; ni experimentación, ni nada que se parezca a un gusto refinado.

Pero en otras ocasiones es el fruto de ser tenaz y perseverante en un oficio que pudiera parecer utópico en la era del capitalismo; de olvidarse de la idea de la estabilidad económica; de dejarse guiar por la originalidad del impulso creador inherente a cada uno. Y es, desde luego, la consecuencia directa de ser franco y leal al lenguaje propio a pesar del miedo a dejarse ver por dentro.

PUBLICACIONES SOBRE ARTE Y SOCIEDAD. ARTÍCULO Nº9

EN EL PATIO DEL RECREO

Cuando era niña solía escribir un diario con mi mejor amiga. En esas páginas compartíamos nuestro día a día en el colegio; hablábamos sobre el chico que nos gustaba, nos quejábamos de algún castigo injusto que nos hubiera caído, charlábamos sobre las relaciones con nuestros compañeros o maestros. 

Si tenía lugar cualquier imprevisto de importancia vital para nosotras -como que ese chico nos mirara de forma pícara durante la pausa del recreo- acudíamos rápidamente al papel para dejar constancia en nuestra precoz biografía de ese evento absolutamente crucial en la vida de una niña de 13 años.  

Las infinitas charlas telefónicas con mi amiga Elena, tiempo después,

sustituyeron la labor de aquel diario que guardaba junto a mi compañera de pupitre en la escuela.

Si hay algo tan delicioso como la primera cita con un potencial amante, tan liberador como enfrentarte a tu jefe cuando has tenido una horrible jornada laboral, es compartir esa experiencia con un amigo.

A mi modo de ver el arte es el medio perfecto a través del cual se concede forma tangible a un secreto; y es al tiempo una confesión, también una catarsis, una redención. Una herramienta para hablar sobre cómo la vida pasa a través de uno mismo. Aunque algunas veces supone simplemente un juego o una suerte de meditación pasiva.  

Para el artista conceptual Joseph Beuys la creación era una ocasión para hacer magia; en el trabajo de Ana Mendieta, un modo de relacionarse con su cuerpo-tierra de mujer. Para Pepe Espaliù, un arma con la que luchar contra la estigmatización social que sufría a causa de su condición de seropositivo.  

En la obra de Jean-Michel Basquiat pintar conlleva en cierto sentido volver a la infancia: buscar la diversión. 

Existe, en cualquier caso,  un impulso vital que empuja a hablar al artista, a aportar una perspectiva propia sobre el mundo. Ya sea desde una apreciación individualista -tal vez ególatra para algunos- o desde un discurso más implicado en lo social, en la colectividad.  La pulsión es siempre aquella de poner fuera lo que habita dentro de uno mismo. Como si tan siquiera la piel pudiera contener esa necesidad de expansión. 

Por eso la obra de arte camina siempre en un limbo de misterio y enigma, entre lo exterior y lo interior; aquello que se muestra y aquello que se esconde, lo que percibimos y lo que ignoramos. Y la apreciación de cualquier manifestación artística es como si el más valioso de los diarios hubiera caído entre tus manos. 

Y sin embargo la verdadera obra de arte se mueve siempre en un limbo de enigma y misterio. Un lugar donde coexiste lo interior y lo exterior, lo que se cuenta y lo que no, lo que percibimos y lo que ignoramos.

PUBLICACIONES SOBRE ARTE Y SOCIEDAD. ARTÍCULO Nº8

Tierra fértil. 

Si las semillas que estamos plantando cayeran en tierra fértil otro sería el cantar.

Los artistas escogerían cada día su oficio sin miedo a no ser capaces de llegar a fin de mes; 

nos educarían para dejar de ser analfabetos visuales y reconocer el lugar donde se esconde la creatividad y la poesía entre tanto arte kitsch y sensiblero.

Los museos locales no estarían abarrotados exclusivamente por el arte de un tiempo que no fuera el nuestro. 

Si estas semillas brotaran, algunas galerías dejarían de cobrar casi un 60% de comisión sobre la venta de una obra (lo que sumado al IVA y al IRPF hace insostenible la supervivencia económica de este oficio); propuestas ciudadanas como Espacio Campingás, La Guajira o La Oficina, serían sostenidas y apoyadas por la administración pública. 

No se nos ofrecería trabajar sin remuneración económica o a cambio de publicidad. Esa difusión no paga las facturas mensuales. 

Si estas simientes se agarraran desde la raíz a la tierra y crecieran con fuerza, tendríamos salas de exposiciones que no fueran cajones de sastre. Flaco favor se hace a un artista que expone para tener cierto currículum en una institución y más tarde las mismas paredes son ocupadas por acuarelas de flores del club de aficionados del barrio.  Estos espacios serían gestionados por profesionales con vocación y criterio. 

Los sillones de los altos cargos de cultura no serían asignados por eliminación entre los colegas del partido, sino a profesionales que abogarían por el cuidado y la protección de un gremio valioso pero frecuentemente desamparado, para sostener la investigación y la producción de las artes. Apostar principalmente por el turismo y la hostelería como motores para el desarrollo económico de una sociedad es pan para hoy y hambre para mañana. 

Se reconocería la sensibilidad y la necesidad de experimentación que impregna la vida de los creadores,  sin ser estos tachados de holgazanes y dispersos.  

No existiría la oscuridad de esos cajones donde la gente y sus miedos han escondido las páginas de una novela que no se publicará, los bocetos para un cuadro que no verá la luz jamás, los acordes de una canción que nadie escuchará. 

Si por fin hasta las semillas en este desierto crecieran,  yo no tendría la necesidad de escribir estas líneas. Y tú, mirarías siempre a tu alrededor con el único propósito de encontrar la belleza en todas sus formas. Sólo desde ella, merece la pena intentar descifrar el mundo.

PUBLICACIONES SOBRE ARTE Y SOCIEDAD. ARTÍCULO Nº7

Solía trabajar en una galería de la ciudad como asistente, vendiendo obras de otros artistas, cuando me propusieron llevar allí mis dibujos. Esta invitación me producía una mezcla de vergüenza, miedo y reparo. Cuando uno empieza a exponer(se) hace falta una buena dosis de autoestima y confianza. Este no era mi caso y aun así acepté. 

Los cuadros se colocaron encima del mostrador. Casi inmediatamente alguien se fijó en uno de ellos. Las manos me empezaron a sudar a mares. Me escapé al otro lado de la galería cuando mi jefe comenzó a contarle a la clienta que ese cuadrito era de una joven almeriense que trabajaba con la temática del paisaje desde la abstracción, etc. Me acerqué a él y le susurré: “Emilio, no se te ocurra decirle a la señora que es mío”. 

La mujer empezó a hablar lo que le sugería aquella imagen sin saber que quién la había creado -osea, yo misma- estaba ahí escuchando sus cumplidos.  A veces cuando te dedicas a la creación y recibes halagos no se sabe muy bien si estos nacen desde el aprecio verdadero a la obra o desde el cariño hacia quien la crea. En este caso, no había duda de que aquellas palabras eran ciertas. 

El cuadro se vendió. ¿De verdad que hay gente en esta ciudad que compra arte? No podía creérmelo. 

Así, comenzó a venderse cada obra que llevaba a la galería. Sin que los clientes supieran mi identidad yo me fui haciendo de una autoestima cada vez más valiosa.Todo comenzó a moverse de forma casi mágica para que decidiera emprender este camino: apareció un nuevo local para montar un taller colectivo, me proponían exposiciones y talleres, las galerías empezaban a acoger mi obra en distintas ciudades. Y seguía vendiendo. 

Hace un tiempo dejé el trabajo como asistente en la galería. Decidí dedicarme a la creación plástica por entero. Si me hubieran dicho cuando estaba en la facultad de bellas artes que iba a tomar una decisión así, me habría parecido increíble. 

Sin embargo, no era tan sorprendente que prosperara en este oficio: llevo dibujando desde que era niña. Pero la mayoría de nosotros hemos crecido bajo el yugo de conseguir ese “trabajo serio” que nos dignifique. 

Hoy pago techo, facturas e impuestos gracias a la pintura. He de decir que sigo celebrándolo todos los días con asombro. 

Si te estás planteando apostar por un oficio creativo, puede que tan solo mencionar a alguien la idea de dedicarte al arte te produzca una curiosa mezcla de vergüenza, miedo y reparo. Pero resulta que trabajar en lo que te apasiona después de todo, no es una elección tan inverosímil, ni tan absurda. 

PUBLICACIONES SOBRE ARTE Y SOCIEDAD. ARTÍCULO Nº 6

Hay un lugar destinado a los niños, pero donde algunos adultos llegamos a conmovernos hasta llorar o reír a carcajadas; donde podemos quedarnos sin necesidad de encontrar una razón pragmática, solo por el mero hecho de estar presentes. Allí la imaginación se dispara, nuestra visión se agudiza y abrimos la mirada al encuentro fabuloso de los pequeños detalles de la vida; la cotidianidad se vuelve una invitación para reflexionar sobre temáticas grandilocuentes o para divertirse con soberanas tonterías. Este territorio desconocido para muchos es el mundo del álbum infantil ilustrado. 

Suelen ser libros de cubierta rígida y cuentan con alrededor de 32 páginas en las que existe una relación simbiótica entre palabra e imagen. De este modo el texto no se puede descifrar sin la presencia de la ilustración y viceversa.

Los escritores e ilustradores que trabajan en este género literario cuentan con un dominio maravilloso del arte de decir mucho con muy poco. Nada tienen que envidiar a los mejores literatos o pintores de renombre. Son artistas en el más profundo sentido de esta palabra y sin embargo, existe cierta creencia generalizada de que la literatura para niños no tiene el mismo valor que aquella destinada a los adultos.  

En mi caso algunos de estos libros han llegado a sobrecogerme del mismo modo en que pudiera hacerlo una obra de Cortázar o una tela gigante de Tápies. 

El mundo del álbum ilustrado es un lugar subrepticio y seguramente infravalorado. Al igual que esta ciudad nuestra que parece ajena a la escena cultural de vanguardia de la región y, a pesar de ello, cuenta con una editorial joven que ya ha sido premiada en una de las ferias internacionales más importantes de este género. 

No somos pocos los que, desde hace más de un año, nos encontramos en el local de una asociación del centro de Almería para hablar sobre este tipo de libros: ilustradores, escritores, docentes, narradores o editores (que publican tanto dentro como fuera de nuestras fronteras) acudimos a esta cita ineludible organizada por el colectivo Espacio Campingás. 

Resulta que en territorios áridos como estos también hay cabida para el talento creativo más extraordinario. Si bien es necesario poner en valor la necesidad de seguir plantando semillas en el desierto. Lo tenemos más complicado pero ya hay muchos que se abren paso. ¿Un ejemplo? El álbum “Méliès” de la editorial Libre Albedrío. 

PUBLICACIONES SOBRE ARTE Y SOCIEDAD. ARTÍCULO Nº5

Al poco de cumplir 18 años me inscribí en la facultad de bellas artes. En una de las primeras clases, nos plantearon una pregunta muy sencilla: “¿Qué es para ti la escultura?”. Casi todos contestamos algo así: “La representación de objetos mediante la talla o el modelado con materiales como la piedra, el metal o la madera”. La respuesta de nuestro profesor fue muy distinta: “La escultura también puede ser el espacio entre tu mirada y la mía”. 

Casi recién salida del nido, yo no podía creerme del todo semejante afirmación. 

Con el tiempo descubrí que esta y otras expresiones artísticas que se desprenden de ella tienen una abrumadora gama de posibilidades. Sin embargo, han sido supeditados a la hegemonía de la pintura como el arte por antonomasia. 

Una vez alguien definió la escultura también como “Aquello con lo que te tropiezas en un museo, cuando te alejas de un cuadro para contemplarlo con distancia”. 

Y eso por no hablar de las -injustamente denominadas- artes menores, como es el caso de la cerámica, uno de los campos creativos más complejos que existen. 

Se trata de un tipo de arte mágico, casi sagrado; un proceso alquímico en el cual el artista debe ser conocedor no solo de las formas y los colores sino también de las tierras y sus durezas, de la composición química de los esmaltes, de las temperaturas óptimas para la quema, etc. Debe, además, dominar hasta el más mínimo detalle durante la mayor parte del proceso pero en el último instante, cederá el control a los elementos naturales que intervienen en la cocción. Es por ello un procedimiento realmente complejo. Si el oxígeno entra en el horno un esmalte puede cambiar su color rojo carmín al verde oscuro. Así es el fuego quien tiene siempre la última palabra. 

La búsqueda de la creación artística en el campo de la tridimensionalidad nos ha dejado formas de expresión tan potentes como el happening, las instalaciones, el videoarte, las intervenciones en el espacio público… Si todavía no has escuchado hablar de estos términos tienes que saber que hay mucho que te estás perdiendo. 

Y es que es muy cierto que la escultura puede ser el espacio entre tu mirada y la mía. Los espectadores de la performance de Marina Abramovic, que para entrar a un museo tuvieron que atravesar el espacio acotado por los dos cuerpos desnudos de esta artista y su amante, entendieron bien esto de lo que te hablo. 

Publicaciones sobre arte y sociedad: artículo nº 4

Te voy a pedir que pienses en una pintura famosa. ¿La tienes? Ahora me gustaría que pensaras en una canción. ¿Ya?                                                                

Podría apostar hasta lo que no tengo y decirte que soy capaz de adivinar algo sobre la obra que has escogido. El cuadro que imaginas tiene alrededor de un siglo de vida, aunque me aventuraría a creer que se trata de una obra de hace cinco o seis siglos (La Gioconda, por ejemplo).

Y sé que no me equivoco si te digo que la canción que te ha venido en mente fue creada hace pocos años, quizás alguna década si eres un nostálgico. 

Ahora te pregunto ¿por qué cuando hablamos de pintura la mayoría de la gente recurre al imaginario colectivo de hace cientos de años y sin embargo cuando pensamos en música, a nadie le viene un canto gregoriano del siglo XV a la cabeza? 

Si no nos relacionamos o nos entretenemos como lo hacían en el Renacimiento, ¿por qué el gran público tiende a apreciar principalmente la pintura que asienta sus bases en el mundo clásico? 

Habrás escuchado alguna vez que el arte es hijo de su tiempo. De esta forma los artistas del realismo más ortodoxo quisieron plasmar una período en el que se valoraba por encima de todo el equilibrio, la comunión con la naturaleza, una belleza sin edulcorantes… 

En un momento histórico como el que vivimos en el que el artificio se ha impuesto a la naturalidad, y la tecnología nos permite captar cualquier imagen con tan solo pulsar un botón, la representación de una escena bucólica -las texturas de un paño y los reflejos de una copa de vino; un retrato que parezca casi una fotografía, un paisaje idílico p.e.- podrá dificilmente conmover a un espectador.

No digo con esto que esas manifestaciones artísticas no tengan valor, sino que están lejos de una expresión verídica de aquello que perturba o atrapa al individuo contemporáneo. 

De ahí la idea generalizada de que la mayoría de los museos son espacios sin vida, catedrales del tedio. El empeño en la difusión del arte de otro tiempo deja a la sombra una producción artística que se implica de verdad en nuestra vida.

Te invito a que conozcas alguna obra de Shirin Neshat, reivindicando la identidad de la mujer en el mundo islámico; una pieza de Sophie Call sobre el espectáculo de la intimidad o un paisaje de Hernández Pijuan que vacíe ese espacio abarrotado en el que se ha convertido tu cabeza.

No hay nada menos fraudulento que eso. 

Publicaciones sobre arte y sociedad: artículo nº 3

No recuerdo con total exactitud la historia. La leí hace demasiados años. Pertenece a un libro imprescindible de Cynthia Freeland llamado “Pero, ¿esto es arte?”. Decía más o menos así:
En el vagón de un tren que iba camino a algún campo de concentración en Polonia, había un ventanuco por el cual solo podía asomarse una persona a la vez. Los prisioneros judíos estaban desconcertados porque no sabían hacia dónde se dirigía aquella máquina de vapor, así que todos querían mirar a través del pequeño cristal. Como eso no era posible, decidieron turnarse para ocupar el privilegiado lugar. Eso sí, el afortunado que se encontrara con esa visión del exterior, tendría que relatar a sus compañeros la escena que estaba contemplando con todo lujo de detalles. De esta forma, tal vez pudieran encontrar alguna pista, un indicio que les revelara cuál iba a ser el destino de aquel viaje. Y además, podrían sentirse reconfortados por un momento, compartiendo esa visión liberadora, olvidándose de aquel espacio frío y oscuro donde se encontraban hacinados.
La locomotora marchaba a toda velocidad y el grupo comenzaba a darse cuenta de que ciertos hombres tenían más facilidad que otros para narrar el camino. El relato común hacía referencia a casas aisladas, montañas, carreteras y vehículos; la pobreza de esas descripciones solo lograba desalentar más aun al conjunto de los prisioneros.
Sin embargo, cuando llegaba el turno de algunas voces, el alegato se transformaba en una historia rica en matices, en impresiones, en ritmos, en adjetivos que describían uno u otro sendero, que hablaban de la luz y del color del paisaje. La narración se volvía tan sensitiva que el desgraciado auditorio casi podía imaginarse fuera del vagón, corriendo por el campo y en plena libertad.
Llegó pronto el acuerdo tácito de que esos pocos hombres, habrían de ser los ojos del tren sin destino; un remanso de paz en la incertidumbre de aquel largo viaje. Lo creas o no, la función de un artista es tan necesaria para nuestra supervivencia como la del maestro, la del abogado o la del doctor.
En esta sociedad perdida en la que nos hemos convertido, que va a toda velocidad y sin rumbo fijo, todavía hay quienes a través de la palabra, de la música o del arte, crean experiencias más allá del miedo y la incertidumbre que nos acompañan en el camino. Todavía hay voces que hablan de otra realidad posible, acaso mejor.


#MariaMorenoArte #SemillasEnelDesierto

https://www.diariodealmeria.es/opinion/articulos/Narrar-camino_0_1466253469.html


Publicaciones sobre arte y sociedad: artículo nº 2

“¿Me podrías explicar cual es el significado de eso que estás pintando?”

Me habían invitado a hacer un mural en directo en un encuentro de mujeres emprendedoras en la provincia. Y allí estaba yo, brocha en mano, manchando una tela enorme mientras un montón de gente paseaba por el pabellón y miraba con más o menos interés lo que hacía.

Alguien me tocó en el hombro. Yo volví la vista hacia atrás. Un hombre desconocido para mí se sostenía el desconcierto de su cara con la mano. Y en tono amigable, me dijo que no entendía en absoluto lo que estaba haciendo.

Es curioso: si en lugar de un lienzo, hubiera estado frente a una pizarra y no pintando, si no escribiendo una fórmula matemática, ese hombre nunca me habría lanzado semejante pregunta. 

En ambos casos, hay un lenguaje de símbolos y caracteres que son incomprensibles para alguien que nunca haya investigado en estos campos (la pintura o la ciencia); en ambos casos se requiere de cierto esfuerzo, formación o sensibilidad para ser capaz de desenvolverse entre estos signos y descifrarlos. 

Sin embargo, hay mucha gente que careciendo de la menor noción de cultural visual,  se aventura a ex(im)poner su criterio, considerándolo tan válido como cualquier otro. 

Que el arte es subjetivo es una falacia bien extendida: hay inclinaciones, tendencias, gustos más o menos refinados, pero todos ellos han de moverse entre unos valores que son puramente objetivos. Hay cuestiones determinantes con respecto a la composición, el gesto, el equilibrio, el peso visual, el trazo…

En arte no todo vale.

Y es cierto que no podemos referirnos a una pintura como si fuera un mero ideograma. Como diría un antiguo profesor de mi facultad, una obra es casi como una presencia de la que emanan no sólo numerosos significados, si no también muy diversas sensaciones.

Hay personas que poseen una sensibilidad genuina para percibir esas presencias. Pero la mayoría de los que compartimos la pasión por el arte hemos entrenado la mirada a fuerza de contemplar muchas imágenes, asistir a exposiciones, interesarnos por la pretensión de los artistas, etc.

“Mire después de cinco años de carrera universitaria, dos en la escuela de arte, tres trabajando en una galería y otros tantos dedicándome a este oficio, sigo encontrándome con obras que ni yo misma entiendo. Pero hay algunas cosas que podría contarle. Eso sí, tendrá usted que sentarse” le respondí. 

https://www.diariodealmeria.es/opinion/articulos/arte-vale_0_1462053881.html

#mariamorenoarte #semillaseneldesierto