Que se callen los centros

Lo llaman “silencio sísmico”. La energía que se desprende del suelo que pisamos, de la Tierra, va liberándose de forma progresiva. Si durante un periodo de tiempo muy prolongado hay una ausencia de estos “ruidos” provocados por los movimientos telúricos esto puede indicar que un sismo de mayor violencia está a punto de suceder. 

Recuerdo una clase de dibujo en la que mi profesora Lola Valls nos contaba cómo el arte era la única terapia posible para ella, el único modo de no perder los cabales. A pesar de que no entendí exactamente la motivación de aquellas palabras, esa frase ha permanecido conmigo durante los últimos 15 años. 

No soy nada buena guardando secretos propios: cuando una noche distinta me interrumpe la rutina y la desidia semanal; si estoy deprimida o dichosa; cuando conozco a alguien que hace que tiemble el piso; si algo me perturba o me ofende solo puedo compartirlo. A veces llamo a mis hermanas para contarles, o tal vez a una amiga. Pero cuando sucede algo que me remueve tanto por dentro que ni las palabras son capaces de contener su efecto en mí entonces lo dibujo, lo escribo, lo bailo. O en otras palabras: lo transformo de modo tal que esa emoción se libere del pecho, para que vaya de dentro a fuera despacio y sin violencia. 

En un pequeño pueblo del norte durante sus fiestas populares, la gente golpea el suelo con sus bastones a modo de ritual para dejar escapar a la tierra de su letargo.  Para despertar yo pinto. Mi amigo Marco emprende un viaje, Sandra usa la meditación y Paula cuenta historias. Para una madre la energía del amor se libera poniendo un plato de comida caliente sobre la mesa. 

Hay personas que se encierran en ellas mismas y se callan la emoción. 

Los que nos dedicamos al arte no tenemos por que pertenecer a una categoría moral distinta, ni ser místicos o intelectuales. La diferencia fundamental es que nuestra necesidad expresiva es más fuerte que cualquier otro impulso vital. Algunos utilizan formas de expresión sutiles o insinuantes; hay quienes gritan a los cuatro vientos. Pero en cualquier caso el artista no se plantea verdaderamente la razón de ser del acto creativo. La obra es tan solo un canal a través del cual pasa la vida. 

El otro día  Huecas me enseñaba algunos de los últimos paisajes que había pintado este verano en la sierra. Mientras tanto me contaba anécdotas e impresiones de una vida dedicada por completo a la pintura, al dibujo y la escultura:

Yo soy como un manzano, mi deber es dar frutos. Pinto a pesar de cualquier circunstancia y más allá de la repercusión que pueda obtener mi obra. El árbol frutal también sabe qué es lo que tiene que hacer, cuál es su función en el mundo.”

En geología se dice que los fenómenos acaecidos son cíclicos.

Y creo que sucede lo mismo con las personas. Un duelo p.e. se supera, pero siempre queda algo de este proceso con nosotros.

Tal vez puedas contener o reprimir una y otra vez ese anhelo, esa ira o esa pasión que procesas por algo o alguien, pero si permaneces en esa suerte de silencio sísmico durante demasiado tiempo ten por seguro que estás sentenciado a explotar tarde o temprano.  

El arte en cualquiera de sus formas es un catalizador perfecto para drenar toda esa energía, para que vaya de dentro a fuera despacio y sin violencia.