PUBLICACIONES SOBRE ARTE Y SOCIEDAD. ARTÍCULO Nº9

EN EL PATIO DEL RECREO

Cuando era niña solía escribir un diario con mi mejor amiga. En esas páginas compartíamos nuestro día a día en el colegio; hablábamos sobre el chico que nos gustaba, nos quejábamos de algún castigo injusto que nos hubiera caído, charlábamos sobre las relaciones con nuestros compañeros o maestros. 

Si tenía lugar cualquier imprevisto de importancia vital para nosotras -como que ese chico nos mirara de forma pícara durante la pausa del recreo- acudíamos rápidamente al papel para dejar constancia en nuestra precoz biografía de ese evento absolutamente crucial en la vida de una niña de 13 años.  

Las infinitas charlas telefónicas con mi amiga Elena, tiempo después,

sustituyeron la labor de aquel diario que guardaba junto a mi compañera de pupitre en la escuela.

Si hay algo tan delicioso como la primera cita con un potencial amante, tan liberador como enfrentarte a tu jefe cuando has tenido una horrible jornada laboral, es compartir esa experiencia con un amigo.

A mi modo de ver el arte es el medio perfecto a través del cual se concede forma tangible a un secreto; y es al tiempo una confesión, también una catarsis, una redención. Una herramienta para hablar sobre cómo la vida pasa a través de uno mismo. Aunque algunas veces supone simplemente un juego o una suerte de meditación pasiva.  

Para el artista conceptual Joseph Beuys la creación era una ocasión para hacer magia; en el trabajo de Ana Mendieta, un modo de relacionarse con su cuerpo-tierra de mujer. Para Pepe Espaliù, un arma con la que luchar contra la estigmatización social que sufría a causa de su condición de seropositivo.  

En la obra de Jean-Michel Basquiat pintar conlleva en cierto sentido volver a la infancia: buscar la diversión. 

Existe, en cualquier caso,  un impulso vital que empuja a hablar al artista, a aportar una perspectiva propia sobre el mundo. Ya sea desde una apreciación individualista -tal vez ególatra para algunos- o desde un discurso más implicado en lo social, en la colectividad.  La pulsión es siempre aquella de poner fuera lo que habita dentro de uno mismo. Como si tan siquiera la piel pudiera contener esa necesidad de expansión. 

Por eso la obra de arte camina siempre en un limbo de misterio y enigma, entre lo exterior y lo interior; aquello que se muestra y aquello que se esconde, lo que percibimos y lo que ignoramos. Y la apreciación de cualquier manifestación artística es como si el más valioso de los diarios hubiera caído entre tus manos. 

Y sin embargo la verdadera obra de arte se mueve siempre en un limbo de enigma y misterio. Un lugar donde coexiste lo interior y lo exterior, lo que se cuenta y lo que no, lo que percibimos y lo que ignoramos.

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