PUBLICACIONES SOBRE ARTE Y SOCIEDAD. ARTÍCULO Nº 10

VENDERSE

Cada mañana viajaba en el autobús desde el pueblo a la ciudad para estudiar en la escuela de artes. A veces coincidía con una muchacha discretamente simpática, vestida de irreverente e intelectual, que solía sentarse en los últimos asientos del vehículo. Recuerdo una ocasión en la que, para intentar romper el hielo, le pregunté qué estaba escuchando. Ella despegó los auriculares de sus oídos con desdén y me habló del primer disco de un grupo que había comenzado a ponerse de moda después de tres o cuatros intentos discográficos sin gran repercusión. 

-”Esta gente sonaba bien antes de volverse comerciales”, me dijo. Y empezó así un monólogo sobre el fatídico momento en el que arte y rentabilidad se encuentran en el camino. “Cuando un artista empieza a ganar dinero se corrompe, se vende y la verdad de su obra desaparece detrás del telón del éxito económico”. 

Por aquel entonces las palabras de cualquier persona con cierto halo de antisistema hacían eco fácilmente en el cerebro de una adolescente contestataria como yo. El discurso de aquella chica pseudopunk no fue una excepción. 

Es muy cierto que el trabajo de autor no suele ser acogido por la gran masa. Pero el artista no es más íntegro cuanto más austera sea su vida (y por ende su trabajo). La calidad de una obra es una variable ajena a su rentabilidad económica. Son muchos los factores que entran en juego. No es menos genuino el creador que a veces se ve obligado a amoldarse a criterios contextuales para conseguir un sueldo a final de mes si se trabaja desde la honestidad y el esfuerzo, si la fundamentación de su discurso no es entregarse por entero al agrado de la mirada ajena. 

La primera vez que mi galerista vendió una de mis pinturas nos dimos un abrazo emocionados, justo después de ver salir al cliente por la puerta. Hoy en día, por suerte esto se ha convertido en una rutina y a pesar de ello, cuando recibo una llamada con la noticia de una venta inesperada, sigo saltando de emoción entre las paredes de mi estudio. A veces incluso llamo a mi madre para darle la buenanueva

Vender algo que se crea con las propias manos produce una mezcla de ilusión, alegría y amor en el estómago. Lejos de ser una cuestión meramente económica, cada vez que alguien decide comprar una obra, el artista toma conciencia de que ese torbellino de sensaciones que experimenta al trabajar ha logrado permear la impresión del otro, ha conseguido conmoverlo de modo tal, que siente el deseo de poseerla. Acaba de crearse una conexión, se ha establecido un vínculo especial entre el hacedor y el espectador. Tal vez esto te parezca exagerado pero lo cierto es que tiene lugar una sensación de cercanía y calidez con personas que te son completamente desconocidas y cobra importancia la idea de comunidad; la creencia de que, en un tiempo en el que se premia tanto el individualismo, la popularidad, la fama incluso, todos somos igualmente vulnerables y compartimos las mismas emociones. Esa sensación de empatía con el otro es algo indescriptible; es reconfortante descubrir que, al final del día, el trabajo tiene una razón de ser. 

Tanto es así, que en muchos casos estas relaciones comerciales se vuelven más profundas y termino por hacerme amiga de los clientes. A través de mi arte he recuperado el contacto con gente con la que no hablaba desde hacía años; he conocido mejor a algunas personas de mi entorno e incluso a mí misma; estoy confrontando aspectos de mi personalidad que desconocía, como p.e. el miedo paralizante -disfrazado de timidez- al juicio ajeno. 

Consagrarse como un artista comercial puede ser el resultado de producir un arte populista, un producto fácilmente consumible por el gran público desconocedor de cualquier noción de estética: la típica acuarela del Cabo, esa película basada en relaciones de amor romántico hollywoodiense, la melodía de tres acordes que acompaña una letra de rima fácil son ejemplos de creaciones que se valen de recursos básicos y limitados. Aunque la técnica pueda ser impecable, no hay riesgo; ni experimentación, ni nada que se parezca a un gusto refinado.

Pero en otras ocasiones es el fruto de ser tenaz y perseverante en un oficio que pudiera parecer utópico en la era del capitalismo; de olvidarse de la idea de la estabilidad económica; de dejarse guiar por la originalidad del impulso creador inherente a cada uno. Y es, desde luego, la consecuencia directa de ser franco y leal al lenguaje propio a pesar del miedo a dejarse ver por dentro.

PUBLICACIONES SOBRE ARTE Y SOCIEDAD. ARTÍCULO Nº9

EN EL PATIO DEL RECREO

Cuando era niña solía escribir un diario con mi mejor amiga. En esas páginas compartíamos nuestro día a día en el colegio; hablábamos sobre el chico que nos gustaba, nos quejábamos de algún castigo injusto que nos hubiera caído, charlábamos sobre las relaciones con nuestros compañeros o maestros. 

Si tenía lugar cualquier imprevisto de importancia vital para nosotras -como que ese chico nos mirara de forma pícara durante la pausa del recreo- acudíamos rápidamente al papel para dejar constancia en nuestra precoz biografía de ese evento absolutamente crucial en la vida de una niña de 13 años.  

Las infinitas charlas telefónicas con mi amiga Elena, tiempo después,

sustituyeron la labor de aquel diario que guardaba junto a mi compañera de pupitre en la escuela.

Si hay algo tan delicioso como la primera cita con un potencial amante, tan liberador como enfrentarte a tu jefe cuando has tenido una horrible jornada laboral, es compartir esa experiencia con un amigo.

A mi modo de ver el arte es el medio perfecto a través del cual se concede forma tangible a un secreto; y es al tiempo una confesión, también una catarsis, una redención. Una herramienta para hablar sobre cómo la vida pasa a través de uno mismo. Aunque algunas veces supone simplemente un juego o una suerte de meditación pasiva.  

Para el artista conceptual Joseph Beuys la creación era una ocasión para hacer magia; en el trabajo de Ana Mendieta, un modo de relacionarse con su cuerpo-tierra de mujer. Para Pepe Espaliù, un arma con la que luchar contra la estigmatización social que sufría a causa de su condición de seropositivo.  

En la obra de Jean-Michel Basquiat pintar conlleva en cierto sentido volver a la infancia: buscar la diversión. 

Existe, en cualquier caso,  un impulso vital que empuja a hablar al artista, a aportar una perspectiva propia sobre el mundo. Ya sea desde una apreciación individualista -tal vez ególatra para algunos- o desde un discurso más implicado en lo social, en la colectividad.  La pulsión es siempre aquella de poner fuera lo que habita dentro de uno mismo. Como si tan siquiera la piel pudiera contener esa necesidad de expansión. 

Por eso la obra de arte camina siempre en un limbo de misterio y enigma, entre lo exterior y lo interior; aquello que se muestra y aquello que se esconde, lo que percibimos y lo que ignoramos. Y la apreciación de cualquier manifestación artística es como si el más valioso de los diarios hubiera caído entre tus manos. 

Y sin embargo la verdadera obra de arte se mueve siempre en un limbo de enigma y misterio. Un lugar donde coexiste lo interior y lo exterior, lo que se cuenta y lo que no, lo que percibimos y lo que ignoramos.