PUBLICACIONES SOBRE ARTE Y SOCIEDAD. ARTÍCULO Nº8

Tierra fértil. 

Si las semillas que estamos plantando cayeran en tierra fértil otro sería el cantar.

Los artistas escogerían cada día su oficio sin miedo a no ser capaces de llegar a fin de mes; 

nos educarían para dejar de ser analfabetos visuales y reconocer el lugar donde se esconde la creatividad y la poesía entre tanto arte kitsch y sensiblero.

Los museos locales no estarían abarrotados exclusivamente por el arte de un tiempo que no fuera el nuestro. 

Si estas semillas brotaran, algunas galerías dejarían de cobrar casi un 60% de comisión sobre la venta de una obra (lo que sumado al IVA y al IRPF hace insostenible la supervivencia económica de este oficio); propuestas ciudadanas como Espacio Campingás, La Guajira o La Oficina, serían sostenidas y apoyadas por la administración pública. 

No se nos ofrecería trabajar sin remuneración económica o a cambio de publicidad. Esa difusión no paga las facturas mensuales. 

Si estas simientes se agarraran desde la raíz a la tierra y crecieran con fuerza, tendríamos salas de exposiciones que no fueran cajones de sastre. Flaco favor se hace a un artista que expone para tener cierto currículum en una institución y más tarde las mismas paredes son ocupadas por acuarelas de flores del club de aficionados del barrio.  Estos espacios serían gestionados por profesionales con vocación y criterio. 

Los sillones de los altos cargos de cultura no serían asignados por eliminación entre los colegas del partido, sino a profesionales que abogarían por el cuidado y la protección de un gremio valioso pero frecuentemente desamparado, para sostener la investigación y la producción de las artes. Apostar principalmente por el turismo y la hostelería como motores para el desarrollo económico de una sociedad es pan para hoy y hambre para mañana. 

Se reconocería la sensibilidad y la necesidad de experimentación que impregna la vida de los creadores,  sin ser estos tachados de holgazanes y dispersos.  

No existiría la oscuridad de esos cajones donde la gente y sus miedos han escondido las páginas de una novela que no se publicará, los bocetos para un cuadro que no verá la luz jamás, los acordes de una canción que nadie escuchará. 

Si por fin hasta las semillas en este desierto crecieran,  yo no tendría la necesidad de escribir estas líneas. Y tú, mirarías siempre a tu alrededor con el único propósito de encontrar la belleza en todas sus formas. Sólo desde ella, merece la pena intentar descifrar el mundo.

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