Publicaciones sobre arte y sociedad: artículo nº 4

Te voy a pedir que pienses en una pintura famosa. ¿La tienes? Ahora me gustaría que pensaras en una canción. ¿Ya?                                                                

Podría apostar hasta lo que no tengo y decirte que soy capaz de adivinar algo sobre la obra que has escogido. El cuadro que imaginas tiene alrededor de un siglo de vida, aunque me aventuraría a creer que se trata de una obra de hace cinco o seis siglos (La Gioconda, por ejemplo).

Y sé que no me equivoco si te digo que la canción que te ha venido en mente fue creada hace pocos años, quizás alguna década si eres un nostálgico. 

Ahora te pregunto ¿por qué cuando hablamos de pintura la mayoría de la gente recurre al imaginario colectivo de hace cientos de años y sin embargo cuando pensamos en música, a nadie le viene un canto gregoriano del siglo XV a la cabeza? 

Si no nos relacionamos o nos entretenemos como lo hacían en el Renacimiento, ¿por qué el gran público tiende a apreciar principalmente la pintura que asienta sus bases en el mundo clásico? 

Habrás escuchado alguna vez que el arte es hijo de su tiempo. De esta forma los artistas del realismo más ortodoxo quisieron plasmar una período en el que se valoraba por encima de todo el equilibrio, la comunión con la naturaleza, una belleza sin edulcorantes… 

En un momento histórico como el que vivimos en el que el artificio se ha impuesto a la naturalidad, y la tecnología nos permite captar cualquier imagen con tan solo pulsar un botón, la representación de una escena bucólica -las texturas de un paño y los reflejos de una copa de vino; un retrato que parezca casi una fotografía, un paisaje idílico p.e.- podrá dificilmente conmover a un espectador.

No digo con esto que esas manifestaciones artísticas no tengan valor, sino que están lejos de una expresión verídica de aquello que perturba o atrapa al individuo contemporáneo. 

De ahí la idea generalizada de que la mayoría de los museos son espacios sin vida, catedrales del tedio. El empeño en la difusión del arte de otro tiempo deja a la sombra una producción artística que se implica de verdad en nuestra vida.

Te invito a que conozcas alguna obra de Shirin Neshat, reivindicando la identidad de la mujer en el mundo islámico; una pieza de Sophie Call sobre el espectáculo de la intimidad o un paisaje de Hernández Pijuan que vacíe ese espacio abarrotado en el que se ha convertido tu cabeza.

No hay nada menos fraudulento que eso.