Publicaciones sobre arte y sociedad: artículo nº 3

No recuerdo con total exactitud la historia. La leí hace demasiados años. Pertenece a un libro imprescindible de Cynthia Freeland llamado “Pero, ¿esto es arte?”. Decía más o menos así:
En el vagón de un tren que iba camino a algún campo de concentración en Polonia, había un ventanuco por el cual solo podía asomarse una persona a la vez. Los prisioneros judíos estaban desconcertados porque no sabían hacia dónde se dirigía aquella máquina de vapor, así que todos querían mirar a través del pequeño cristal. Como eso no era posible, decidieron turnarse para ocupar el privilegiado lugar. Eso sí, el afortunado que se encontrara con esa visión del exterior, tendría que relatar a sus compañeros la escena que estaba contemplando con todo lujo de detalles. De esta forma, tal vez pudieran encontrar alguna pista, un indicio que les revelara cuál iba a ser el destino de aquel viaje. Y además, podrían sentirse reconfortados por un momento, compartiendo esa visión liberadora, olvidándose de aquel espacio frío y oscuro donde se encontraban hacinados.
La locomotora marchaba a toda velocidad y el grupo comenzaba a darse cuenta de que ciertos hombres tenían más facilidad que otros para narrar el camino. El relato común hacía referencia a casas aisladas, montañas, carreteras y vehículos; la pobreza de esas descripciones solo lograba desalentar más aun al conjunto de los prisioneros.
Sin embargo, cuando llegaba el turno de algunas voces, el alegato se transformaba en una historia rica en matices, en impresiones, en ritmos, en adjetivos que describían uno u otro sendero, que hablaban de la luz y del color del paisaje. La narración se volvía tan sensitiva que el desgraciado auditorio casi podía imaginarse fuera del vagón, corriendo por el campo y en plena libertad.
Llegó pronto el acuerdo tácito de que esos pocos hombres, habrían de ser los ojos del tren sin destino; un remanso de paz en la incertidumbre de aquel largo viaje. Lo creas o no, la función de un artista es tan necesaria para nuestra supervivencia como la del maestro, la del abogado o la del doctor.
En esta sociedad perdida en la que nos hemos convertido, que va a toda velocidad y sin rumbo fijo, todavía hay quienes a través de la palabra, de la música o del arte, crean experiencias más allá del miedo y la incertidumbre que nos acompañan en el camino. Todavía hay voces que hablan de otra realidad posible, acaso mejor.


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https://www.diariodealmeria.es/opinion/articulos/Narrar-camino_0_1466253469.html


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